9 de marzo de 2008
[...] Ese 19 de noviembre Alejo me esperó dentro del auto. Subí en el Twingo rojo y me saludó, me pregunto a dónde quería ir y contesté: "No sé". Mientras mirada el cielo de aquella noche, sentí que me perforaba con la mirada, giré y lo encontré con sus ojos serios y fijos en mí. Se acercó y me dio un beso, el más dulce que recuerdo. A continuación, Alejo manejó sin rumbo, mientras me preguntaba reiteradamente si me sentía cómoda y si estaba bien. Por fin, después de media hora, paró el auto: estábamos en la puerta de su departamento en Avellaneda. Confieso que me sentí un poco desubicada, sorprendida, y porqué no, desorientada. No tenía idea que estaba haciendo ahí, pero confiaba en ese hombre más que en mí misma y estaba segura de lo que él estaba haciendo. No podía hacerme daño, era mi hermanito.Entramos en su departamente: prolijísimo, como si no viviese nadie. Mesa, sillas, computadora, cocina, baño, un dormitorio y un balcón. Me acerqué y desde allá comtemplé la ciudad: ruidosa y desprolija. Me di vuelta y ahí estaba él, preguntandome si quería tomar algo. Cuando le dije que no, se acercó despacio hasta mí y me dio un beso que me hizo acelerar el corazón. - Cielo, ¿Querés ser mi novia? - me preguntó mientras me abrazaba y acariciaba.- Sí - le dije con el poco aliento que me quedaba.Estábamos besándonos con lujuria y aparecimos casi mágicamente en su habitación. Me acostó sobre la cama y me quitó el vestido de a poco, con una suavidad desconocida para mí. Alejo tenía manos de seda y sabía cómo y dónde acariciarme. En pocos minutos quedé desnuda. Me besó en todo el cuerpo, me dio masajes en los pies y en la espalda. Y él inmutable, complemente vestido, cosechaba placeres para el futuro. Más tarde, se acostó a mi lado y me dijo "Me gusta verte, me gustás desnuda".Nos quedamos ahí en la cama acostados como dos amantes viejos. Yo estaba feliz, descubriendo nuevas sensaciones, olores, placeres, juegos. Para mi sorpresa, Alejo se paró y me alcanzó el vestido: "Ya es tarde, tenemos que volver".Que me haya cuidado de esa manera es lo único que le agradezco incansablemente. No sé cómo hubiera sido con otra persona, quizá menos trágico y con seguridad menos placentero, pero con Alejo tuve la sensación de estar segura, de estar como en ningún otro lado: querida, amada, respetada.Cinco meses pasaron de encuentros sensuales y llegó el día. Volvimos a encontrarnos como siempre, pero esta vez fue muchísimo más placentero para ambos. Fuimos a su departamento y mientras nos besábamos, nos desvestimos uno al otro. Nunca había visto a un hombre desnudo. Alejo era perfecto: piernas largas y flacas, panza de juventud cervecera y un sexo que me hacía temblar. Me acostó en la cama, con suavidad y me repitió que iba a llegar hasta donde yo lo quisiera. Yo quería; tenía miedo pero en fin de cuentas, Alejo era excitante. A continuación, se acostó encima mío. Casi sin darnos cuenta, llevados por el calor y la urgencia premeditada, terminamos haciendo el amor. Me dijo que no me iba a doler, porque iba a hacerlo despacito. Le creía, le creía cualquier cosa. Si me hubiera dicho que después de violarme iba a aparecer Papá Noel con una bolsa llena de Barbies para mí, también le hubiera creído. Lo cierto es que no me dolió demasiado (no tanto como me habían contado que dolía) a pesar de que Alejo era enorme.Que Alejo me haya esperado durante cinco meses me hizo tener la confianza suficiente como para amarlo sin tapujos ni resguardos, para dejar que me amará libremente mostrándome qué se hace y cómo.[…]
